SEGUNDA PARTE
CASO 3
La señora AA se presentó en mi
consulta para iniciar un tratamiento sobre una escoliosis que presentaba
desde muy pequeña.
Cuando la asistente la preparó para
que la revisase y observé su cuerpo en ropa interior quedé sorprendido
por la deformidad de su espalda que si bien la escoliosis puede
realizarla cuando no ha sido tratada en forma adecuada y yo había tenido
una conversación previa con AA en la cual me había explicado que de
pequeña y adolescente había utilizado corsé del que ella había referido
no había obtenido grandes resultados pero que por lo menos en su momento
había evitado una cirugía que por la edad que en ese momento que tenía
AA suponía una mujer de aproximadamente 60 años pensar que en su
adolescencia , más de 40 años atrás la cirugías estaban mas en boga que
en la actualidad, pero la espalda que yo veía, si bien en mi opinión
personal, los corsé no obtienen grandes resultados la deformidad
superaba todo fracaso, parecía que nunca habían hecho nada por ella.
Vestida tenía un porte que de
ninguna manera dejaba ver tal deformación, examinaba a la paciente con
mis manos recorriendo su columna, observaba las radiografías cuyas
mediciones me marcaban en la desviación superior 90º, un número que para
aquellos que no son legos en la materia, duplica el máximo tolerado por
muchos cirujanos que con 45º operarían sin pensarlo dos veces y
cualquier libro de ortopedia quirúrgica aún en la actualidad lo indica
así, si bien como dije antes no estaba de acuerdo con el uso del corsé
tampoco lo estoy con la cirugía pero eso lo sustento siempre y cuando al
paciente se le de un tratamiento de técnicas manuales ortopédicas que
los reemplace. Lo concreto es que AA era un caso absolutamente
excepcional , digno de un ateneo o para figurar en los libros, cuando le
pregunté a ella desde qué edad tenía esa desviación me dijo que desde la
adolescencia se había mantenido por mucho tiempo entre 45º y 50º pero
que desde hacía unos años se había desviado bruscamente y no me contó
mas que eso.
Comencé a trabajar la espalda de
ella con la técnica de elongación manual selectiva y movilizaciones
osteopáticas, no me importaba tanto el número de grados que
disminuyeran sino cómo quitarle los fuertes dolores que la aquejaban y
darle elasticidad a todo su cuerpo, fundamentalmente a la columna.
Trabajamos en forma periódica dos
veces por semana durante más de un mes, e íbamos obteniendo unos
resultados realmente entusiastas, al mes sus dolores prácticamente eran
mínimos y eso le alegraba muchísimo, ya no tomaba prácticamente ningún
tipo de analgésicos y podía dormir toda la noche de corrido. En cuanto a
la flexibilidad se podía observar un gran avance que era medible en
forma objetiva con pruebas funcionales, pero lo que más me importaba a
mi que ella que tenía de profesión la alta costura, tarea que realizaba
con su cuerpo durante muchas horas en posiciones forzadas de acuerdo a
su relato se hallaba encantada por el rendimiento que tenía, sobre todo
cuando en un principio frente a su deformidad me parecía imposible que
pasase tantas horas sentada cosiendo con tanta precisión. Me seguía
llamando la atención que fue lo que hizo que siendo adulto disparase una
medición en su desviación ya tan alta a un número exorbitante, qué
músculos habían traccionado tan violentamente y en tan poco tiempo para
arrasar hacia delante con tantas decenas de grados, biomecánicamente
hablando y patológicamente hablando los espinales juegan en la
escoliosis un rol decisivo y fue donde centré más mi trabajo, estaban
sumamente rígidos, parecían verdaderos cordones fibrosos y debía ser
sumamente preciso y sutil para no provocar dolor en las maniobras,
sabiendo que emocionalmente hablando estos músculos se relacionan con la
agresividad y el enojo, sabía que la causa estaría por ahí, pero como en
un momento me contó que si bien aún ella era una destacada profesional
de su medio ( vestidos de novia), cosa que era pública y siempre lo
había sabido estaba renaciendo de un quebranto económico que había
sufrido hacía unos pocos años que la había obligado a vender muchas
propiedades, despedir mucho personal de sus talleres y habían sido
producto de los vaivenes económicos que se habían sucedido en esos años
en el país y realmente poco tenía que ver ella en lo que había ocurrido,
creía que entonces ese era el motivo de su enojo, algo estrictamente
relacionado con lo material como ya lo había visto en muchos empresarios
que sufrían no escoliosis pero sí las lumbalgias y los dolores de cuello
eran las constantes frente a estos problemas, pero sabiendo que tenía
una base de una gran escoliosis desde pequeña forcé mi razonamiento
hacia ese lado en cuanto a querer relacionar las emociones con la
patología.
Un día trabajando la parte superior
del tórax donde encontraba los músculos pectorales del lado izquierdo
tremendamente acortados y adosados entre sí ( mayor y menor), haciendo
una maniobra en la cual meto la mano por la axila y mis dedos van
penetrando por el tórax despegando el pectoral mayor del menor al tiempo
que al primero lo estiro, lo alineo y lo balanceo, es un trabajo que
suele llevarme la primera vez casi media hora porque es doloroso y lo
realizo con mucha suavidad y precisión y actúo en equipo con el paciente
que me va indicando la tolerancia a la maniobra, realmente AA lo hacía
muy bien y el trabajo nos estaba saliendo de maravillas y la alineación
del músculo nos estaba llevando como consecuencia, a la trasformación de
la postura de toda la parte superior de ese lado, casi al final del
trabajo y cuando a ella se la veía muy feliz porque estaba notando cómo
la espalda se estaba apoyando en la camilla cosa que no ocurría desde
hacía años cuando ella se acostaba en algún lugar, AA comenzó a
lagrimear emocionada, pero no parecía una emoción de alegría por la
expresión de su rostro sino una tristeza guardada.. En ese momento le
pregunté si le pasaba algo, me tomó la mano con la que estaba terminando
la tarea de una forma muy afectiva ,con lo que me di cuenta que no me
quería retirar la mano por el dolor, le dije entonces un poquito más que
ya lo logramos y naturalmente con una voz muy suave me dijo sí, pero ya
nadie me lo va a devolver, le pregunté,¿ el tiempo perdido?, me dijo, no
eso no tiene importancia, a mi hijo, le dije que no entendía y comenzó a
contarme.
Al tiempo que yo retiraba las manos
de su cuerpo y le tomé la cabeza con las dos manos para darle una
contención afectiva y me preparé para escuchar algo que seguramente
sería duro, hacía aproximadamente 7 años a su hijo menor que por
entonces tenía 18 años lo asaltaron en la calle para robarle un walkman
, al parecer el joven intentó resistirse y sin mediar palabra el
asaltante, otro joven, que de acuerdo a la descripción de los testigos
parecía un adolescente disparó sin piedad un arma de alto calibre sobre
su corazón, asesinándolo instantáneamente. AA me lo contó con lujo de
detalles como si todo estuviese ocurriendo en ese mismo instante y ella
estuviera presente , a pesar de que ella no estuvo allí, luego me contó
que durante más de un año iba a leer el expediente de la causa casi a
diario varias veces al día.
Las zonas que había trabajado y
desbloqueado era la zona donde había impactado la bala en su hijo, ella
sola concluyó y me dijo, me ha destrabado la protección y el gesto que
debe haber hecho mi hijo al morir, realmente no había que tener mucha
imaginación ni saber de anatomía para llegar a esta conclusión, casi
como una acotación profesional le dije seguramente a partir del
incidente es cuando su escoliosis aumentó en forma tan alocada, me
contestó que por supuesto tan alocada como la muerte de mi hijo, lloraba
en forma bastante contenida, la invité a dejarse llevar por el llanto
pero no lo hizo, siguió llorando con una rigurosa discreción a pesar de
la confianza que ya se había entablado.
En las siguientes sesiones no
hablábamos de otra cosa mientras trabajaba sobre ella que no sea otra
cosa, que los hechos que acontecieron alrededor de la muerte su hijo, su
marido se había hecho alcohólico y ella se había volcado obsesivamente
al trabajo, al tiempo que su cuerpo se había vuelto horrorosamente
doloroso pero todos los tratamientos que le proponían eran a base de
analgésicos y antinflamatorios que le habían provocado con el tiempo un
principio de úlcera, por lo que sufría mucho sus dolores y se resistía a
tomar la medicación por el daño que le causaba y ya con el tiempo la
medicación tampoco hacía su efecto, aunque como pasaban tantos años
aparecían en el mercado farmacológico nuevas generaciones de analgésicos
que amortiguaban por un nuevo espacio el dolor. Así vivió muchos años
hasta que entró en un período donde el dolor formaba parte de su vida al
tiempo que la deformación corporal se había establecido en las cifras
con las que llegó a verme.
A esta altura llevábamos casi 4
meses de tratamiento, el alivio era absoluto y la transformación
postural y ortopédica extremadamente notable, ella tenía revisiones
semestrales con un traumatólogo de prestigio mundial al que yo respetaba
muchísimo, le dije que ante los hechos adelante su entrevista de control
porque era evidente que nos íbamos a encontrar con una gran sorpresa en
su próximo espinograma, ella también estaba muy entusiasmada en
adelantar esa entrevista porque apreciaba mucho a este médico y sabía
que estos resultados iban a ocurrir y quería saberlos cuanto antes y los
dos sabíamos de la fiabilidad del ortopedista. Y así ocurrió, los
resultados fueron extraordinariamente satisfactorios, los 90º se habían
transformado en 58º y la corrección de la curva inferior manejaba una
corrección similar, pero para mi el verdadero objetivo no era
matemático, sino era haberle quitado el dolor, darle una gran calidad de
vida y haber asociado el hecho de su hijo como desencadenante del
derrumbe de su columna, el médico se comunicó conmigo, nos conocíamos de
algunos congresos y nos respetábamos mucho, convenimos que había que
seguir el tratamiento por tiempo indeterminado ya que los dos veíamos
que teníamos mucho por ganar y sostener la situación actual, algo que se
prolongó por más de un año después de esta charla telefónica.
Pasado ese poco más de un año de
tratamiento la postura corporal de AA era altamente satisfactoria ,
fueron pocos los grados que disminuyeron en ese tiempo pero pudimos
romper la barrera de los 50º, era lógico que los grados fueran pocos y
desde el punto de vista ortopédico con el traumatólogo coincidíamos que
eran los más difíciles y los más loables, a mayor cantidad y teniendo en
cuenta el problema emocional eran mas “fáciles” de hacer descender pero
estos 9º eran estructurales y muy antiguos, pero insisto como dije antes
no se trata de una victoria matemática, la calidad de vida de la
paciente era excelente sin ningún tipo de dolor y con una envidiable
elasticidad para realizar sus movimientos, participaba en unos grupos de
gimnasia postural que yo dirigía y realizaba algunos ejercicios de
niveles avanzados que muchos participantes con una columna casi normal
no podían realizar.
Un día a la llegada a mi consulta
la que entonces era mi secretaria con una cara muy desencajada me
informa que AA no iba a venir en esa jornada, inmediatamente me dijo el
motivo, su otro hijo que entonces tenía 35 años había tenido un
gravísimo accidente automovilístico en la ruta y había fallecido
instantáneamente junto a su acompañante. Mi sorpresa fue total, le
pregunté si habían llamado departe de AA porque la imaginé fuera de sí,
para mi asombro me dijo que no, que era ella y se lo había dicho con una
frialdad que fue lo que más tenía impresionada a mi secretaria dentro
del trágico acontecimiento, inclusive le explicó que tardaría algunos
días en retomar el tratamiento porque tenía muchos trámites que hacer ya
el accidente había ocurrido a muchos kilómetros de la ciudad y
pertenecía a otra jurisdicción por lo que los trámites serían
complicados, pero le remarcó que le guarde los turnos habituales para
diez días porque iba a necesitar el tratamiento más que nunca. Todo
sonaba muy coherente y no extrañaba al funcionamiento de AA, pero
realmente era poco creíble que las circunstancias no la avasallen por lo
que me mantuve atento pensando que se quebraría emocionalmente y pasaría
mucho tiempo sin venir, perder un hijo en circunstancias trágicas debe
ser una de las cargas más difíciles de sobrellevar, pero que ocurra dos
veces en la misma persona a lo largo de su vida y aún más siendo sus dos
únicos hijos parecía más el argumento de una película de mal gusto que
la realidad misma.
AA concurrió a su cita puntualmente
pasados los diez días, reconozco que el día anterior no podía inclinar
la balanza hacia el lado de si venía o no venía todo era raro e
imprevisible.
Cuando la vi su cara era muy seria
pero no estaba transfigurada por el dolor en apariencia ni sus ojos
aparentaban sorpresa por lo ocurrido, como es lógico era muy difícil
encontrar las palabras para romper el hielo por lo que sencillamente
opté por darle un beso afectuoso y abrazarla, sentí que se estremecía y
al mismo tiempo trataba de mantenerse firme.
Prácticamente pasamos directamente
al trabajo, revisé primero su espalda y si bien habían pasado muy pocos
días de la última vez que la atendí, al palpar las apófisis de sus
vértebras podía sentir que su columna se había desviado y la tensión de
sus músculos era muy marcada, comencé a hacer mi trabajo en función de
lo que encontraba proponiéndome ir paso a paso, porque si bien la sesión
del día era importante mi duda se centraba en los tiempos que vendrían,
cómo manejaría sus sentimientos y de qué manera respondería su cuerpo a
estos ya que la patología siempre estaba subyacente. Durante la misma
sesión ella comenzó a hablar del hecho, me relató brevemente cómo
aconteció el accidente y remarcó la muerte instantánea de su hijo donde
se denotaba un alivio para ella porque sabía que no debía haber sufrido,
después ubicó la charla en un montón de temas administrativos que si
bien eran molestos nunca se podían comparar con el inmenso dolor de la
pérdida y casi sobre el final de esa sesión me soltó una frase que nunca
olvidaré “por cuestiones de probabilidades creía que esto no me podía
pasar a mí habiendo perdido a JJ, las posibilidades de perder otro hijo
creía que eran nulas, pero ya ve, esta vida siempre da sorpresas”, la
frase era de una lógica estricta, no pude responderle nada pero me
asombraba ver cómo había congelado sus sentimientos, lo que no me
asombraba, era que los músculos espinales y los de la nuca se
encontraban así, como congelados.
Trabajé un mes sobre AA y su cuerpo
respondió muy bien pero seguía manteniendo esa actitud fría de no
entrega, sabía que la curvatura de su escoliosis había aumentado, era
notable, pero se mantenía sin dolor y aumentaba su rigidez más allá del
accidente correspondía una evaluación ortopédica que acusó un aumento de
12º, tanto ella como el traumatólogo y yo teníamos claro de dónde
provenía. Seguimos trabajando y AA comenzó a parecerse a una madre que
había perdido un hijo hasta que un día me comentó que al fin había
podido llorar la muerte de su segundo hijo, eso había ocurrido una noche
y lo hizo por muchas horas, a partir de ahí el trabajo se me hizo mucho
más fácil, si bien en todo ese período no hubo dolores, tampoco
existieron después pero comenzó a flexibilizarse notablemente y a
recuperar la elasticidad que le había caracterizado en los años de
tratamiento, su cara se avejentó notablemente pero su postura se
mantenía en lo habitual, estaba deprimida y comenzó a hacer tratamiento
psicológico para acompañar el duelo, así seguí trabajándolo a ella por
bastante tiempo, tuve que derivarla porque yo decidí vivir en otro país,
realmente fue bastante duro para los dos tener que cortar el vínculo,
se mostró feliz porque sabía que ese cambio tenía que ver con cuestiones
profesionales satisfactorias para mí, y eso la alegraba y por otro lado
el profesional que la iba a tratar era un discípulo mío que conocía
perfectamente y sabía que la iba a llevar por el buen camino terapéutico
y la contención afectiva.
Este caso muestra una vez más la
relación entre los sentimientos, el tono muscular y las patologías que
se crean a partir de una hipertonía crónica que se crea a partir de la
falta de una buena expresión de los sentimientos.
En el caso de AA el protagonismo
biomecánico se lo llevan los músculos espinales en el desbalance que se
hizo a ambos lados de su columna, es bueno recordar que a través de los
músculos espinales se desliza el reflejo de la agresividad y esto es lo
que sentía ella por sobre todo en la primera muerte ya que en la segunda
más que agresiva había quedado rígida, no solo en los músculos de su
espalda sino también en lo que hacía a su cuello en una clara alusión a
no querer perder la cabeza ( volverse loca), ante una situación que
puede desbordar en la coherencia de cualquier ser humano. Por supuesto
en el caso de la mecánica de la producción de las desviaciones
trabajaban otros músculos más allá de los espinales, sobre todo aquellos
que unen por detrás la pelvis con el tórax y las escápulas con la
columna, cuyo protagonismo era secundario pero importante y requirieron
un trabajo específico en sesiones aisladas, pero el eje siempre se
mantuvo a lo largo de toda la musculatura espinal desde el sacro hasta
el occipital, porque ahí estaba cargado su enojo y mecánicamente
mantenían la simetría posible de un cuerpo claramente tironeado por los
hechos.
En el caso de su primer hijo los
hechos externos se caracterizaron por una violencia irracional en una
situación inesperada que la tomó por sorpresa pero su odio podía ir
dirigido hacia la persona que asesinó a su hijo, si bien muchas veces
ella demostró comprensión hacia el culpable del asesinato, según su
relato por la edad y las circunstancias sociales que lo habían empujado
hacia eso, su cuerpo no decía lo mismo ya que sus músculos espinales
estaban cargados de odio y agresividad. En la segunda muerte la
responsabilidad estaba puesta en la imprudencia de su propio hijo quien
había adelantado un automóvil en un área prohibida a una velocidad
inadecuada con una maniobra temeraria que culminó con su desgracia, creo
que la frialdad inicial de AA era porque no quería enojarse con su hijo
ya muerto pero conocía perfectamente la responsabilidad de los hechos,
en este caso su cuerpo se puso rígido fundamentalmente en los espinales
por la agresividad que la situación le proponía pero también hay que
tener en cuenta la rigidez de los músculos de la nuca, porque su
inconciente pensamiento de que iba a pasar a la locura ante los
dramáticos hechos la hacían tener la sensación de que iba a “perder la
cabeza”.
En la primer hecho ella lloró
durante el tratamiento al tiempo que me contaba lo que sentía y padecía,
en el segundo caso no lo hizo, sospecho y solamente eso, sospecho, que
cuando lloró en su soledad debe haber descargado el enojo que guardaba a
la imprudencia de su hijo pero que su amor por él encubría y no quería
que nadie lo supiera.
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